LA ÚLTIMA
PAYADA
Todavía retumbaban los ecos de la injusta guerra de la Argentina con
el Brasil. El país se debatía en una tensa situación política. Las luchas
intestinas se agudizaban. El incipiente pueblo de Dolores, ubicado a pocas
leguas al sur del río Salado, en la provincia de Buenos Aires, era apenas un
disperso caserío cercano al Monte del Tordillo. Un lugar elegido como segura
guarida por prófugos de la justicia. Allí buscaban eludir el alcance de las
levas, al amparo de densos montes de talas y coronillos.
Un día llegó a ese pago un mozo, que vestía una típica indumentaria
inglesa, en contraste con la forma de vestir de los habitantes de la campaña
bonaerense. Según decían los paisanos, era un hombre “muy leido” y muy “letrao”. Pronto se mezcló con la
paisanada de pocas palabras. A ellos les hablaba con una ágil y pulida verba y
asombraba a todos por su sabiduría. Decía que venía de Mendoza, donde había
fundado tres periódicos para defender las ideas reformistas de Rivadavia. Pero
al dejar éste el gobierno debió abandonar su provincia. Estuvo radicado en
Dolores, donde había instalado una pulpería. Allí, además de aguardiente,
vendía versos escritos por él en cartulinas, con delicada caligrafía y además,
los cantaba al compás de su guitarra.
Su poesía reflejaba en ocasiones, las costumbres de los habitantes
rurales, pero, también dedicaba temas a exaltar los valores culturales
europeos. Esto último no llegaba con agrado a los paisanos del pago. A ellos
les molestaba sus alabanzas a los gringos y que usara vestimenta como aquellos.
Su comercio tuvo un promisorio comienzo, pero, por sus elogios a las
costumbres extranjeras, fue perdiendo confiabilidad, hasta que cerró la
pulpería.
De espíritu andariego, comenzó a recorrer la región del Tuyú con su
guitarra, y al son de su música vertía versos repentinos que eran escuchados
con atención en ranchos y pulperías, sobre todo, porque le impuso una impronta
más criolla y patriótica, dedicándose a escribir temas a pedido de los
parroquianos por dos reales.
Esa habilidad para el canto improvisado creó en su entorno una extraña
leyenda, ganándose el mote de “diablo en persona” y, por considerarlo un ser
que tenía algún pacto con el más allá, más de un paisano al cruzarse con este
forastero se santiguaba con temor.
En sus andanzas llegó a la estancia “El Tuyú” de la familia Sáenz
Valiente. Allí fue recibido con agrado por sus propietarios. En ese lugar llamó
la atención, su sabiduría y destreza para hilvanar versos improvisados. Esa
condición hizo que lo identificaran como un ser sobrenatural.
Cierta noche, llegó a la estancia con su guitarra, un gaucho conocido
en el pago por su fama de payador imbatible. Vestía chiripá y chaqueta de color negro. Venía de Dolores. Formó rueda
en el fogón, donde el amargo corría de mano en mano como un criollo rito de
integración. A pedido de los presentes templó el instrumento y al compás de los
suaves acordes de un “triste”, desgranó sentidos versos improvisados, que
recibieron con aprobación quienes los escuchaban.
El forastero, que escuchaba con atención, desafió al recién llegado a
payar de contrapunto. Tras la aceptación al duelo literario, comenzaron la
payada. Se abordaron los más diversos temas. Ninguno de los dos cedía ante el
embate del otro. Pasaron horas en el enfrentamiento. Hasta que el payador del
pago se rindió. El forastero después de pernoctar siguió con sus andanzas y
permaneció un tiempo más en Dolores, hasta que regresó a su pago cuando sus
enemigos políticos ya no tenían poder.
Al día siguiente de la
memorable payada, hallaron muerto al vencido al pie de un frondoso tala. Su
nombre era Santos Vega, el payador inmortalizado en los versos de Hilario Ascasubi y Rafael Obligado. Según la
leyenda, éste murió de pena después de perder la payada.
El vencedor era Juan Gualberto Godoy, poeta y periodista mendocino.
Uno de los iniciadores de la poesía gauchesca, junto a Bartolomé Hidalgo.
Identificado por los paisanos como “el diablo en persona”. Para ellos sólo el
diablo podía vencer a Santos Vega.
Cuando volvió a Mendoza, Godoy donde buscó refugio en la religión.
Falleció anciano y en la pobreza, al derrumbarse la iglesia de aquella ciudad
como consecuencia de un terremoto.
Quedó en el recuerdo por ser el único payador que pudo vencer a Santos
Vega. Fue la última payada del legendario payador del Tuyú.
Juan Carlos Pirali
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